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viernes, 5 de junio de 2020

Carta de una desconocida. Stefan Zweig.

Una carta supone un misterio. No sabemos que alberga en su interior, pues no expresa de inmediato su razón de ser. Su contenido se resguarda dentro del papel que fue escrita y se hace proteger con un sobre. Viaja insospechadas distancias o quizás su destino sea cercano, de cualquier forma el mensaje llega contundente como una flecha.

En este relato, el destinatario es un escritor y está familiarizado con la correspondencia. El día de su cumpleaños número cuarenta y uno, ha recibido una carta que más bien parece el manuscrito de un libro. En el exterior del sobre no hay datos del remitente, husmea dentro en busca de alguna nota aclaratoria y tampoco la hay. Su curiosidad se incrementa y llega a su punto más alto cuando observa que está escrita de forma apresurada y el estilo refleja el propio de una mujer.

Un personaje de mundo y sociedad, como él, se sorprende al comprobar que se trataba de una carta anónima. La duda lo invade, pero no está decidido a leer líneas que quizás no sean para él. Aún así, existía una sola forma de averiguar el origen del manuscrito: había que leerlo. La apatía y el desgano se disiparon al ver la primera línea: “A ti, que nunca me has conocido.” Su nombre no figuraba como destinatario, existía la duda si realmente iba dirigida a él o a un ser imaginario. Pronto se enteraría del objetivo de la carta, al descubrir el significado de estas palabras:


Voy a contarte mi vida entera, esta vida mía que no empieza, realmente, hasta el día en que te vi por primera vez.

En la carta se muestra a una mujer y sus sentimientos. Las normas de de refinamiento tan solo han contribuido a que ella permanezca en el anonimato. Su nombre no importaba, sólo hacerle saber su mensaje identificándose como lo que fue para él: una desconocida.


Carta de una desconocida desde su publicación, en 1922, ha registrado adaptaciones cinematográficas en Europa, América y Asia. Es uno de los textos más famosos de Stefan Zweig (Viena, 1881 - Petrópolis, 1942), este autor profundiza en el perfil psicológico de los personajes, tanto en los ensayos históricos como en su producción literaria.















jueves, 8 de agosto de 2013

La impaciencia del corazón de Stefan Zweig

La impaciencia del corazón y La piedad peligrosa no son términos tan distantes entre sí. Esta novela de posguerra se ha conocido con esos dos nombres y se ajustan bien a su trama.  Me detuve un instante en el título y pensé: ¿por qué la piedad es peligrosa? La piedad,  un sentimiento noble,  surge al ver sufrimiento ajeno, pero podría tornarse en peligrosa si anteponemos las necesidades de otros, frente  a las nuestras.

La otra traducción, a mi juicio, también se adecua al contenido de la obra y aún fuera de ella, pues algunas veces existe impaciencia en relación a los sentimientos. Se sabe que los sentimientos se albergan en el cerebro, pero metafóricamente se habla del corazón al referirse a los mismos. Me pareció necesario comentar acerca del nombre de la obra, pues se la misma ha sido publicada y conocida con ambas denominaciones. La versión a comentar, en este caso, es La impaciencia del corazón.

Ya entrando en materia, puedo agregar que, ésta comparte con muchas novelas de posguerra la característica de ser poco esperanzadora respecto a la vida. Aquí se representa el caso del teniente Anton Hofmiller quien se siente atraído hacia Ilona, una hermosa joven de clase acomodada. Debido a la proximidad de uno de sus compañeros de cuartel con la familia de la chica, él recibe una invitación para cenar en su casa, la mansión Kekesfalva. Su corazón rebosa de felicidad al estar en dicha reunión, pues comen hasta la saciedad, beben vino conversan alegremente y, después,  bailan. Nuestro personaje se desliza como un perfecto bailarín con varias de las damas presentes en el banquete, pero de pronto alcanza a ver a Edith, hija del dueño de la casa, sentada junto a dos ancianas y le parece un gesto descortés no hacer la invitación a bailar, por lo cual hace la petición. Grande fue su sorpresa, al recibir tan sólo un gesto poco amable de parte de ella, el cual se transformaría en llanto amargo, sin dirigir una sola palabra al teniente. Se entera de la causa de esa reacción por boca de Ilona quien le informa que su prima, Edith, está discapacitada a causa de un inusual padecimiento.

Así empieza una serie de visitas de Hofmiller a la mencionada mansión, en las cuales va conociendo las interioridades de la familia. Si bien, al principio, sus visitas tenían como único motivo remediar su imprudencia, él llegó a acostumbrarse a esa casa y todos sus habitantes a su presencia en ella. A raíz de su cercanía con Edith, ella se enamora perdidamente. Cuando él  se entera de esto, por piedad, finge aceptar su amor e incluso llega a comprometerse sentimentalmente con ella, pero de forma un tanto secreta. Entre los anhelos de la jovencita por recuperarse de su enfermedad y la constante presencia de Hofmiller en su casa, estalla la guerra. Para el teniente, dicho acontecimiento se convierte en la forma más digna de escapar de tan penosa situación, pero a su regreso se encontró con que ella llevada por la impaciencia de su corazón, no quiso esperar ni una hora ni un día más. Fue entonces cuando comprendió que no le servía de mucho ser ahora un héroe de guerra, pues huir de un problema no es la mejor forma de solucionarlo.

viernes, 14 de junio de 2013

El ocio y la pereza. En defensa de los ociosos. De Robert Louis Stevenson.

Entiendo que ocio y pereza son diferentes, pues en mi tiempo de ocio leo algún libro o contemplo mi entorno con suma tranquilidad. Mientras que cuando tengo pereza solo cambio de posición de acostado a sentado en el mueble en que me encuentre.

Una tarde poco ocupada decidí revisar un librito de Robert Louis Stevenson titulado En defensa de los ociosos. En ese momento,  tenía una extraña mezcla de ocio y pereza o talvez sólo estaba cansado y quería una lectura suave. Esta pequeña obra de Stevenson no es precisamente de lo más famoso dentro de sus escritos y su corta extensión, casi le hace honor al tema.

Aunque ambas palabras suelen ser tomadas por iguales, difieren en cuanto a sus raíces. Al revisar su etimología, puede verse que “ocio” proviene del latín otium, reposo. Por otro lado, pereza proviene de pîgrîtîa, que a su vez deriva de pigro, perezoso. A pesar de ello, se interpretan de la misma forma la mayoría de las veces. Tanto así que existen varias traducciones del mismo ensayo, en las cuales a veces se alude a la pereza y otras al ocio.

Empecé a leer. Hubo una frase por la que me sentí acusado.

Los libros son, a su manera, beneficiosos, pero no dejan de ser un pálido sustituto de la vida. 

Fue entonces cuando recordé que la cultura general no se adquiere tan sólo sumergiéndonos en los libros uno tras otro. Sirve de poco acumular conocimiento si no disponemos de un tiempo libre para poder apreciar la vida y saber acerca de qué se ha escrito. Estar plácidamente sentado, a la sombra de un árbol, escuchando cómo circula el agua de un río viendo el vuelo de las aves puede otorgarnos un momento agradable y relajante que talvez pocos libros logren darlo.

Después de asimilar eso me encontré con otras líneas que reafirmaban el arte de vivir a través de un bien merecido descanso. Estar extremadamente ocupado, ya sea en la escuela o en la universidad, ya en la iglesia o el mercado, es un síntoma de deficiencia de vitalidad; una facilidad para mantenerse ocioso implica un variado apetito y un fuerte sentido de identidad personal.

Porque, si lo vemos de esa forma ¿qué es vivir?, ¿trabajar diez horas por día?, ¿estudiar quince horas diarias? Seguramente no.

Vivir es apreciar esos detalles que se perciben con todos los sentidos, pero que no dependen de una sistematización a través de una institución, sino buscando la forma de ver en los otros aspectos de nuestra existencia una satisfacción personal. Lo cual me hace recordar a algunos personajes de Stefan Zweig en La embriaguez de la metamorfosis, quienes asistían a labores todos los días mal dormidos, mal comidos y regresaban a casa con plomo en los ojos y con plomo en los pies. Tan solo con trabajar arduamente ellos creían haber vivido.

Según algunos puntos de vista, solo es útil a la sociedad quien está todo el tiempo ocupado en algo que produzca, ya sea dinero o méritos académicos.  Visto así, no se percibe que quienes trabajan o estudian, pero también se otorgan sus buenos momentos de ocio, pueden enfrentarse a la vida igual o mejor que quienes actúan como ratones de biblioteca o trabajan como hormigas.

No se trata de que el ocio sea malo, talvez simplemente ha sido mal interpretado, así como también ha sido tomada la lectura y las actividades laborales como fuentes de virtud. No es suficiente trabajar o estudiar para disfrutar la vida, también es necesario tener un plácido momento de ocio cada vez que sea posible.

miércoles, 5 de junio de 2013

"Mendel, el de los libros" Una vida en el mundo del libro.

Imagen tomada de la página web de la editorial.
Mendel, el de los libros es un título poco discreto en relación al tema; me parecía la historia de un librero y fue justo eso.
La afición a la lectura, el fugaz intercambio de conocimientos con personas extrañas y algunas otras situaciones se me hicieron familiares; por lo cual adentrarme en sus páginas fue placentero. Me identifiqué con el personaje. La Literatura suele ser un medio para revelar una diversidad de datos y, esta vez, fue usada para representar las injusticias de la vida durante la Segunda Guerra Mundial, en un breve relato.


El protagonista, Mendel,  representa, para los eruditos y estudiosos de la cultura en general un punto de referencia casi obligatorio, pues conoce de memoria, cientos de títulos y características de libros de distintos temas. Mas su ensimismamiento en el mundo del libro sería el factor que lo aislaría de la realidad; pues se mantuvo ignorante de los acontecimientos políticos y bélicos desarrollados en su entorno. Dado su largo alcance en su oficio, mantiene correspondencia con países cercanos al suyo, pero estos resultan ser «enemigos» de su país de residencia.

Se cumple aquí una vez más el aforismo popular «El león juzga por su condición», pues cuando las fuerzas castrenses, a través de sus múltiples pesquisas, interceptan algunas de sus cartas, las cuales incluyen reclamos por mercadería no recibida, las mismas son interpretadas como actos de espionaje. Esto trae como consecuencia su arresto y posterior confinamiento en uno de los campos de concentración. No obstante, debido a sus influencias en las altas esferas de la sociedad es liberado. Sin embargo, la permanencia en ese lugar cobró factura de distintas formas: el café, su antiguo lugar de trabajo, ha cambiado de administración y ahora el erudito, el catálogo humano, resulta ser incompatible con el nuevo concepto. Sufre el destierro de su mundo de tinta y papel, posteriormente enferma, ya en su última semana de vida, se asoma casi sonámbulo al café, pero es llevado de vuelta a casa para permanecer confinado y, finalmente, morir en el más oscuro de los olvidos.

sábado, 25 de mayo de 2013

La muerte olvidada del "Santo Bebedor", Joseph Roth.

Sin querer, un año después me topo con un artículo que escribí acerca de la muerte de Joseph Roth, pero esta vez será para inaugurar mi blog. El hallazgo me evitó la tarea de preparar una bienvenida, pues coincide con el aniversario del fallecimiento del escritor este 27 de mayo.

Este novelista algunas veces se quejaba de su editor por distintos asuntos; en mi caso no tengo editor de quien quejarme, pero hoy me he enterado que fui publicado en una revista local.

Bueno, mejor dejo que el tan mencionado artículo sea el que abra la brecha y forje un sendero para que circulen otros textos. 

“Cuando vi por primera vez a Joseph Roth en Ostende, tuve la sensación de estar ante un ser que moriría en las próximas horas de pura tristeza. Sus redondos ojos azules eran casi incapaces de ver por desesperación, y su voz sonaba como si estuviera lastrada por el peso de la pena.”  (1:53)

Así escribió acerca de este personaje, la escritora Irmgard Keun, quien fue su compañera sentimental durante cierto tiempo. Quizás la primera impresión que tuvo de Joseph reveló por completo para ella, lo que sería de la vida de este hombre de baja estatura, con afición a la bebida. También sabía que Roth sólo había amado a Friedl, su única esposa, quien murió a causa de trastornos mentales. Debido a eso y a que a ninguno de los dos les interesaba un nuevo matrimonio, Irmgard no quiso divorciarse del alemán con el que se encontraba legalmente casada, lo cual no impidió que viviera un par de años con Roth.

Aunque su vida no fue envidiable, también tuvo sus buenos momentos y contó con la amistad de varios personajes. Entre ellos, Stefan Zweig, con quien compartió momentos joviales como el que describe Morgenstern en uno de sus libros: “En el taxi, tuvieron ellos una apacible conversación sobre humor y chistes. Zweig recordó a Roth, como prueba del humor de Freud, que había un estudio de éste sobre el donaire que constituía una selección de chistes. Roth replicó que entender los chistes nada prueba respecto al humor, y así siguieron un rato hasta que salió el nombre de Bergson.” (2:224) Al investigar a Joseph Roth, se logra ver que algunos de los personajes de sus novelas, fueron inspirados por personas que formaron parte de su vida. Tal es el caso de El triunfo de la belleza, en esta breve novela, se ve reflejada su esposa y la enfermedad que la consumió, con sus respectivas variantes literarias. Su fallecida esposa, reaparece en otra de sus novelas, con otra apariencia. “Ella era una chica bonita, Friedl. Delgada, con piernas largas, una cara fina y una sonrisa suficiente en la boca pequeña. Pero ¿a qué describirla? Roth lo hizo puntualmente en Job. Ella es la hija de Mendel Singer, “una gacela”. Igual que Friedl, también acaba en el manicomio.” (2:190)

Además de eso, Job es una de sus más conocidas y fue la obra que le dio reconocimiento como escritor. En esta novela, él retoma al personaje bíblico, nombrándolo como Mendel Singer, efectuando prácticamente una adaptación a su época contemporánea y manifestando en ella algunas de las tribulaciones que sufrieron los judíos a causa de la persecución nazi.

Roth, no desaprovechaba oportunidad, para expresar su inconformidad y rechazo hacia las acciones tomadas por los antisemitas y, además de hacerlo en sus narraciones, lo hacía en las revistas, para las que escribía mientras se encontraba en algún país de Europa. Muestra de ello es este fragmento escrito en París, el 6 de julio de 1934.
“Desde hace diecisiete meses nos hemos acostumbrado a que en Alemania se vierta más sangre que tinta emplean los periódicos para informar sobre esa sangre. Es probable que el amo de la tinta de imprenta alemana, el ministro Goebbels, tenga más cadáveres sobre su conciencia, si es que la tiene, que periodistas a su disposición para echar tierra sobre la mayor parte de los muertos.”(3:39)

Él se había diagnosticado a sí mismo morir de locura, al igual que su esposa, aunque según algunos las causas de su muerte fueron otras. Sin embargo, corrió la misma suerte que ella, falleciendo recluido por haber enfermado psíquicamente. Murió el 27 de mayo de 1939 en París. Deseaba que en su lápida estuviera inscrita la frase del poeta alemán Heinrich Von Kleist “La verdad es que a mí no se me podía ayudar en esta tierra.” Mas su anhelo no se vio cumplido y en su tumba tan solo está un horrible bloque gris con la  inscripción:


Joseph Roth
Poète Autrichien
26-9-1894 – 27-5-1939

Su entierro fue en un cementerio “mixto” donde se admitían tanto católicos como judíos, pues en vida él no se declaró abiertamente como semita,  aunque su madre fue judía. Sus contradicciones religiosas tuvieron efectos durante su funeral, los judíos presentes estuvieron un tanto inconformes ante la presencia de sacerdotes católicos, también hubo allí comunistas y, por otro lado, monárquicos, fue un evento polémico que hubiera causado gracia al enterrado. De su vida, se sabe poco, pero por fortuna, ahora su mayoría de obras se encuentra traducida al español y en sus obras será donde se podrá conocer mejor a este novelista y periodista que se fue de este mundo sin ver muchos de sus proyectos realizados.
Ya se acerca el centenario de su muerte, pero, tal como un ebrio que olvida lo ocurrido el día anterior, en la memoria de muchos,  ha quedado olvidada la muerte de este gran escritor.

Fuentes. 
  1. Cziffra, Géza von; El santo bebedor; Acantilado; Barcelona, 2009
  2. Soma Morgenstern; Huida y fin de Joseph Roth; Pre-Textos; Valencia, 2008
  3. Roth, Joseph ; La filial del infierno en la tierra; Acantilado, Barcelona, 2004