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lunes, 12 de septiembre de 2022

La cena. De Herman Koch.

Perturbadora. Si tuviera que describir esta novela con una sola palabra, sería con ese adjetivo. Sin embargo, prefiero dar algunos detalles acerca de la historia.

Le tomé poca importancia a la referencia que la editorial incluye en la contraportada y decidí que la mejor forma de conocer el libro era leerlo de inmediato. Con curiosidad, empecé la lectura y me fue atrapando poco a poco. El relato aún no me emocionaba, pero me enganchó cuando vi a un inconforme expresándose. Fue Paul Lohman, su narrador y personaje al pronunciar esta descripción:

Lo que más llamaba la atención del plato de Claire era el vacío inconmensurable. Yo sé que en los restaurantes selectos siempre se prima la calidad sobre la cantidad, pero hay vacíos y vacíos. Allí el vacío, la parte del plato en que no había nada de comida, rozaba la paradoja.

El autor, Herman Koch, holandés, quien publicó su primer libro de cuentos en 1985, ignoraba que saltaría a la fama veinticuatro años después, en 2009, al publicar La cena que ya ha sido traducida a más de diez idiomas.

La trama está dividida justo como una elegante cena en un pomposo restaurante. Tenemos: El Aperitivo, Entrantes, Segundo, Postres, Digestivo y Propina.

En el desarrollo de la historia, se reúnen dos hermanos con sus respectivas esposas. Paul Lohman con Claire y Serge Lohman, junto a Babette. Entre cada etapa que esta elegante velada tendrá, ellos intercambiarán opiniones acerca de sus hijos adolescentes, quienes han cometido una “travesura”, pero cuyas intenciones se desconocen. ¿Sería un acto motivado por la ingenuidad o por la malicia?

Son ellos cuatro, como adultos y familia, quienes deben decidir acerca de la situación de sus hijos. Los hechos van saliendo a la luz entre platillos de esta cena, que quizás no deje una buena sensación en el paladar. Deben actuar, pero tienen un dilema moral entre ser padres benevolentes o ciudadanos responsables. El último capítulo lleva por nombre Propina, pero como el mismo libro lo dice:


¿Qué propina se deja en un restaurante donde la cuenta te da risa?

miércoles, 30 de mayo de 2018

Darse a la lectura de Ángel Gavilondo


La lectura es una actividad que amerita tiempo. C. S. Lewis hace la división de lectores entre la mayoría y la minoría. Siendo los primeros quienes leen en las salas de espera y momentos similares, mientras que los otros son más entregados a la tarea. El autor de esta obra, Ángel Gavilondo se dedica a impartir la cátedra de Metafísica en la Universidad Autónoma de España. Por su parte, él considera que la lectura debe realizarse cada vez que sea posible, pues si esperamos a tener un espacio libre, sería no dedicarse a ella. Desde ese punto de vista, dicha actividad tomada en serio demanda un espacio privilegiado en la agenda.

Cada uno de los capítulos que integran este libro son las descripciones de escenas y momentos que los lectores, consagrados o no, han experimentado al tomar en sus manos un libro sea cual sea el tema y extensión del mismo. Gavilondo considera a la lectura como vida, para él siempre se lee en un tiempo de existencia.

Podemos leer para hacernos compañía, para meditar, para estar solos o, incluso para compartir con alguien. Existen muchas razones para leer y también muchas otras para no hacerlo. Quizás una de las mejores razones sería leer por placer. Puede que nuestra agenda este un poco o muy ajustada, no sabemos si nos dará tiempo de leer, pero el autor tiene un mensaje para todas las personas ocupadas:


Siempre nos falta tiempo, si entendemos inapropiadamente que la vida es un depósito que hemos de completar con actividades. Siempre las hay e importantes y siempre tendremos explicaciones para demorar un modo singular de enfrentarnos a la labro que la acción reclama. Precisamente, dado que hay mucho que hacer, no dejemos de leer.

jueves, 27 de febrero de 2014

El tipo

El tipo de letra de un texto acaba por dar particularidad al mismo. Esa característica es sensible para el lector y puede acercarlo o alejarlo de la lectura.

Entre la monotonía de un edificio empresarial, existía un tipo un tanto fuera de lo común. Era un oficinista gris, pero minucioso en todas sus tareas. Él disfrutaba de seleccionar el tipo de letra, según el texto que fuera a redactar. Muchos datos que debían expresarse sólo en letras llegaban a sus manos. Los trabajos versaban sobre distintos temas y elaborar los informes finales estaba a su cargo. Una de esas tardes en las que este personaje tenía asignados no pocos archivos para revisar, se puso a divagar acerca del estilo de letra a usarse en cada uno de ellos.

Dentro de su cabeza giraban distintas formas predeterminadas en la computadora, desde la institucional y seria hasta la más lúdica. Decidió escribir a mano para dejar de un lado esos pensamientos que parecían un poco absurdos. No escribió mayor cosa, puesto que su caligrafía si bien era legible, no era bonita.
 Antes de regresar frente a la pantalla, sus divagaciones continuaron y se dio cuenta de que los tipos son comparables a las disciplinas científicas. Obviamente, esta comparación era consecuencia de su pasión por las letras en sí mismas. Sin embargo, él pensaba en todas esas veces que usó el formato casi cibernético para escribir acerca de temas informáticos. Vinieron a su mente, las primeras experiencias con los tipos, eso le hizo remontarse muchos años atrás, cuando en clase pidieron que usara la fuente Arial Narrow Turco.

Al traer a su mente esos recuerdos, notó que muchas veces, resulta interesante la simpleza, así que mejor se decidió por escribir en Arial.